Este retrato, que reúne la inspiración velazqueña característica de este periodo del artista, la captación directa y rigurosa del natural, y la interpretación afectiva y profunda de la sobresaliente personalidad del efigiado, es el más destacado de cuantos realizó su autor. Sorolla, muy dotado para el retrato por su facilidad de captación de las fisionomías, especialmente de las masculinas, representó aquí a un personaje que unía a su excepcional conocimiento de la pintura, que coleccionó, apreció y estudió, su condición de destacado pintor y la de amigo íntimo, todo lo cual supuso un estímulo extraordinario para conseguir una obra maestra.